martes, 22 de marzo de 2011

Frío

El frío hace
que me sienta vivo.

Vivo,
no de latir y respirar sin más,
no por inercia minutada,
sino vivo
en el más orgásmico
y sincero
sentido de la palabra.

La piel erizada me recuerda
que algo siento,
aunque solo sea
frío.

Tal vez es el alma,
jugando a salirse por los poros.

O recuerdos despistados
huyendo tiritando
del cuerpo que los crea.

Pero que placer mas inmenso
el de hacerse una bola
y disfrutar temblando
del bofetón de cosquillas del viento.

Que placer
a veces
sentir que el frio
calma el arañazo
de tu calor lejano.

Sentir que la llama se apaga..

...y deja de quemar.
PABLO GARCÍA-INÉS

miércoles, 16 de marzo de 2011

Un espejo, una peonza, un calendario.

Y mientras el mundo arde
niños imberbes
comen helados de palo.

Y muertos de risa
juegan a esquivar el sol
en cementerios de payasos.

Observo.
Recuerdo mis prólogos
de una vida sin índices
ni portadas.

Y escribo el recuerdo,
la venganza de la niñez enterrada.

No hubo niños con flores
en el funeral de la eterna inocencia.
Ni finales felices.
Tan sólo un yo que querría ser nadie.
Un tú tratándome de usted.
Un señor enterrando una peonza
en un baúl sin fondo
y con llave.

Volar para que las raíces
no lleguen a las cloacas.
Escribir por el miedo a un folio en blanco.
Y escuchar…escucho.
Escucho y me seduce el silencio
de los parques abandonados.
Y continúo buscando el mejor escondite,
y el puesto de helados.

Pero mi mundo arde,
y se derriten los helados de fresa,
y en mi escondite se ocultan
los adultos exiliados.

Y corro.
No hay casa, ni cruci, ni polis, ni cacos... pero corro.
Huyo del niño al que ahorca mi corbata.
Del señor que viste mi esqueleto.
Del cigarro que mató mi infancia.

Corro, corro, y corro,
pero el calendario me alcanza y me tortura
tachando con cruces negras
las puestas de sol.
Y al mundo le salen granos, y canas, y barba.
Y los príncipes roban a los piratas.
Y los cuentos acaban sin perdices.
Y los helados se derriten
al calor de la inocencia quemada.

Un amargo sabor a cianuro
al masticar segundos
nos recuerda que el tiempo
está hecho de veneno.

Y las estacas
que ahora son espadas de juguete
pronto serán bastones cumpliendo
la función del tercer pie hacia la muerte.

¡Niños perdidos! ¡Niños perdidos!
¡Corred cuanto os permitan las piernas!
Relojes con machetes buscan rastros de inocencia.

¡Niños perdidos! ¡Niños perdidos!
¡Peter Pan ha muerto!
Los relojes son brújulas al cementerio...

Pablo García-Inés
Alpedrete  2003

Zapatistas, la celebración de la derrota

Alrededor de 400 encapuchados, niños mujeres y niños crean en la selva de Chiapas una imagen mística.

La Realidad, principal campamento zapatista, se prepara para recibir al subcomandante Marcos. Una voz en Tzeltal retumba en los altavoces e intuimos que anuncia su llegada. Sus pasos parecen retumbar a lo largo del valle, al tiempo que desciende acompañado por un séquito de zapatistas a los que saca casi una cabeza y dos cuerpos.

En el escenario habla sobre  la dignidad de los pueblos, sobre la hermandad indígena, sobre la justicia, la paz, la lucha, la sanidad y la educación. Creo no ser el único con la piel de gallina. Nadie habla, nadie pestañea, alguno de olvida de respirar. El aire se carga de poesía y utopías. La revolución del fuego y la palabra. Los hijos del maíz. Los por siempre derrotados.

Finalizado el discurso empieza la fiesta. Invitan a cualquiera a subir al escenario. Hay poesía, teatro, canciones. Después un grupo de música, encapuchado entero también, comienza a tocar músicas tradicionales. 400 sombras bailan en la oscuridad de la selva. Nosotros intentamos comprender. Para mi será una bonita aventura de verano. Para ellos la lucha y las derrotas continuaran eternamente. Entretanto, la poesía y el baile se mezclaban con la magia y la utopía hasta bien entrada la noche.

Días antes, el ejército desalojó a  zapatistas que habían ocupado para cultivar tierras en desuso en una región cercana a Las Margaritas. Hubo detenidos, heridos y desaparecidos. Con estacas de maderas se enfrentaron a las tanquetas. Lo perdieron todo. Terroristas, les llamaron los medios y el estado mexicano. Curiosa definición pensé yo, para una guerrilla de campesinos sin armas, que celebra cada derrota con poesías y bailes hasta el amanecer…

Selva de chiapas. México 2007
Caracol La Realidad. Territorio zapatista liberado
PABLO GARCÍA-INÉS

Amo el mundo que pisan mis zapatos

Sueño mucho, trabajo poco,
tal vez espero de la vida demasiado.

Alcoholizo las victorias, poetizo los fracasos,
cuelgo mis versos a secarse en el tejado.

Invierto en siestas y fiestas,
en versos y besos,
en utopías al alcance de mi mano.

Resaqueo las mañanas,
eternizo las noches,
lloro con los telediarios.

Bailo tangos con las moscas de mi cuarto.

Compro relojes por el placer de ignorarlos.

Odio la guerra y sueño con crear una guerrilla en mi barrio.

Pierdo papeles,
encuaderno nostalgias,
verseo los recuerdos
que me hacen daño.

Amo el mundo que pisan mis zapatos.

Pende mi vida de un hilo verde…
tiraré hasta acabar deshilachado.

PABLO GARCÍA-INES

domingo, 13 de marzo de 2011

Ana, la felicidad y los bocatas

Ana es una sonrisa con delantal. Trabaja como dependienta en la tienda extremeña que prepara los mejores bocatas de la universidad. El ingrediente secreto, pienso yo, es el cariño con el que mece los tomates, salsas y barras de pan. Cada bocadillo hecho con la ilusión de una tarta de bodas. 

Juan, su hermano, le ayuda cortando los panes y lavando las lechugas. Él había llegado a España gracias al dinero que su hermana había ahorrado para pagar su viaje, poquito a poquito,  durante sus 6 años trabajando en Madrid. Soñaba con una tierra llena de oportunidades,  pero para aquel entonces las cosas se habían complicado demasiado. Sin papeles no le ofrecían trabajo, sin trabajo no la ofrecían papeles. Cruel espiral de sinsentido, estúpida pescadilla devorándose la cola.  

Desanimado, desilusionado, solía vagar por casa con la tristeza de no sentirse útil. Ana se impregnaba de su dolor, que le arañaba el alma. Una mañana decidió actuar. Llamó a su hermano y le pidió que viniese, a toda prisa, a verla a la tienda. Le contó ilusionada que el dueño había aceptado contratarle también a él. Que trabajarían juntos y harían los mejores bocadillos del mundo entero.

No existía tal trabajo. Ana daba su sueldo entero a su hermano cada mes como si el dueño le pagase. Por las noches, al salir de la tienda, trabajaba limpiando oficinas para recuperar el dinero, en secreto, sin que Juan lo supiera. Como coartada a sus ausencias nocturnas se inventó un novio apuesto y aventurero que cada noche le llevaba a volar por el cielo de Madrid.

Los dos hermanos trabajaban y reían juntos. Cortaban tomates, contaban chistes, y bailaban entre los fogones. Juan era feliz en la felicidad de Ana, a la que imaginaba acariciando estrellas con su ficticio príncipe azul. Ana era feliz por la felicidad de su hermano, casi a punto de explotar por la ilusión de su primer trabajo. Somos lo que amamos, pensé yo, disfrutando después de clase de un bocadillo con sabor a magia y carcajadas.
 Madrid Mayo 2007
PABLO GARCÍA-INÉS

La dignidad de las sombras

Verano 2007-Territorio Zapatista liberado. Chiapas. México

Volveré a la civilización  de los vencedores
con la derrota emanando en cada poro.
Con la rabia como único equipaje.

Ardieron el resto de lastres inútiles
bajo el sol de tez tostada,
oscura como la tierra,
como el ahora y el mañana.

El mismo sol que llena hoteles
quema los rostros de los hijos de la selva.

Rostros que se cubren para no ser nadie,
para no ser nada,
para ser tan solo aire y silencio.

Ojos dignos en una jungla huérfana de sauces llorones.
La dignidad de las sombras erguidas.
El eco de los ausentes en el festín del mundo

Llora el dios de la tierra maya.
Y cae desplomada la luna llena vacía de magia.
Herida, ejecutada.
Trofeo blanco en un cuartel de milicos sin alma.
Con las sangre aún fresca bajo el pasamontañas

Ahora, como los días, las noches serán oscuras.
Y las sombras serán más sombras.
Y no hará falta tejer pasamontañas.
Ni banderas.

Ejércitos de ojos marcharán entre maizales.
Y el mundo mirará a otro lado.
Coserá sus párpados con hilos de oro.
Y los tiranos encenderán las luces.
Y prenderán los campos.
Pero las sombras no arden
Ni existen a oscuras.

Temblarán los suelos al paso de la dignidad indígena.

Y la justicia de los sin rostro
sí recuerda la cara de los culpables…




Paisajes del Atlas

Marruecos. Valle de Ourika.  2004
 
El paisaje era,
como poco,
conmovedor.

El tiempo,
como el aire,
parecía no correr.

El reloj concedió allí
un descanso a sus manecillas,
a su asesina melodía.
 
No había prisa por llegar a ningún lado
porque no había ningún lado a donde ir.
 
Simplemente sentarse
y respirar el olor de un mar lejano.
 
Esnifar el silencio
y sentirse dueño del tiempo
y de la vida.

Reírse del progreso,
del asfalto que entierra la magia.
De los sueños con corbata
y relojes en la muñeca.

De las calculadoras que restan
días mágicos a la vida.

Sentarse al pie de una calle mágica.

Emborracharse con el olor de los segundos.

Segundos que parecen no querer marcharse nunca.

Que ansían quedarse anclados para siempre
en esa calle de arena,
entre las paredes de esas casas
pobres y pequeñas
que cobijan almas grandes y ricas.

La felicidad inmensa de no ser nada,
de no ser nadie.

De ser tan solo aire y silencio.
 
De ser parte de un paisaje efímero y eterno.


El mundo parece haberse detenido,
haberse cansado de girar y girar.

Y ha elegido este  lugar
para quedarse quieto.

Una calle donde anclarse
y disfrutar,
sentado en una vieja silla,
de los segundos que parecen
no querer marcharse nunca…


Pablo García-Inés

All out (una de poker)

Empiezo a entender la vida y el juego
Me gustan.
Me asustan.

Debiera haber guardado
un as en la manga
 o amañado parejas,
mi rey con tu reina.

Pero  aposté a la escalera de atajos
que elevasen mis pasos
a tus aires de grandeza.

Peldaño a peldaño
desde el diez / que merecen tus andares,
hasta el as / ta la polla de llorarte.

Y envido a la esperanza,
si aun me queda,
de los  tres tréboles
de cuatro hojas
que trajeron la suerte
de cruzarnos palabras
y caminos.

Tírame los faroles que desees.
Basta  que no alumbren mi jugada
cuando soy mano
sobre tu mano
bajo la mesa.

Todo  o nada
al color otoño
de tus ojos escritos
en hojas caídas
de cuadernos.

Siete de corazones rotos
de las siete vidas
con sus siete pecados
que quiero pecar contigo.

Amanece.
Va siendo hora de acabar la estrofa
y  la partida.

Pero como ocultar mi cara de póquer,
princesa,
si a mis tres qus
de quiero quedarme a quererte cada tarde
y al castillo de sueños de mi almohada
siempre...
les faltó  su reina.

Nostalgias tras la cuarta pared

El espectáculo comenzaba.

Lunas como focos
alumbraban silencios
y carcajadas.

Nuestros personajes
se miraron
y se abrazaron.
Nuestros papeles
se fundieron
y confundieron
en el gran escenario de la vida.

La magia bordó
su papel protagonista.

Pero el reloj voló o habló
más de la cuenta.

El capricho canalla del tiempo
me condenó al destierro,
y sentó mis soledades
en la butaca gris
del espectador.
Aún así
seguí sintiendo
mía cada escena,
y tuyo,
porque siempre fue tuyo,
mi cansado y enclenque corazón.

Recordé.

Deshilaché paciente
el telón opaco
de nostalgias en blanco y negro.

Y cada noche en pié
aplaudí tu nombre y tu recuerdo
como si cada parpadeo en tu mirada
fuese el preludio
de la última función…

PABLO GARCÍA-INÉS

Somos lo que amamos

A mis padres

Dicen que somos lo que vivimos, lo que hacemos.
Que somos lo que aprendemos y lo que olvidamos.
Hay quien dice que somos a quien tenemos
o el recuerdo que queda al marchar.
Dicen que somos parte de esa nada que lo es todo,
o barro esculpido con un soplo de vida y magia.
Dicen que solo somos si para alguien somos algo.

Aun estaría perdido en que soy, o que somos, o que seré,
pero aprendí de vuestros ojos
que solo somos lo que amamos.

Y si yo verseo, y si Irene esculpe, y si  Elena violinea, y si Juan futbolea,
y si alguna vez fuimos grandes, o buenos, o valientes, o dignos,
o si orgulloseo cabizalto de mis hermanos
es porque somos lo que amamos,
es decir,
somos vosotros.

Y somos tan tú que nos pica tu espalda y se nos eriza tu piel.
Somos tan tú que saboreamos tus victorias y añoramos tu pasado.
Somos tan tú, tan nosotros, tan todo,
tan felices de ser parte, tan agradecidos y orgullosos,
somos vosotros y el amor por vivir que ello conlleva.

Quiero ser tú, papá, y tu eterna inocencia
quiero ser tu bondad infinita y tus ganas de vivir,
quiero tus manos carpinteras, tu cabeza arquitecta, tu corazón de gigante
quiero ser inventor, y manitas, y padre ejemplar,
quiero tu hombro que siempre se arrima,
quiero tu boca que no sabe quejarse,
quiero tu fórmula secreta para sacar de la nada felicidad.

Quiero ser tú, mamá, y tu amor desbordante
quiero tu inmensa cultura, tu sonrisa curativa, tu alma noble
quiero amar como tu, educar como tu, reír como tu,
quiero tu ejemplo de vida, tu arte de vivir, tu arte de amar,
quiero tener tu bondad detallista,
quiero tu forma de leer nuestros ojos,
quiero tu magia sin chistera capaz de hacerme volar.

Somos lo que amamos,
y amamos vuestro ejemplo, vuestra vida,
y el mundo que pisan
juntos nuestros zapatos.

Cuando los niños muerdan a los perros

Sucedió en clase, en la universidad. El profesor trataba de hacernos reconocer cuando un hecho era noticiable y lo sintetizó con la siguiente frase : "Si un perro muerde a un niño no es noticia, si un niño muerde a un perro, eso es noticia" 

Sin quererlo ese profesor acaba de aclararme mi futuro. Debí de entender mal la lección, pero a partir de entonces decidí que dedicaría mi pluma a contar las historias de todos aquellos que sufren en silencio los bocados de los canes.

Así tal vez se entienda mejor, y contextualizado, el día en el que la notica sea que los niños, cansados de aguantar en silencio, se han liado a mordiscos con los perros.

PABLO GARCÍA-INÉS

Viviendo en el Cairo la caída de Mubarak


Llevaba días pegado al periódico y la televisión. Primero siguiendo los acontecimientos de Túnez, después las protestas de Egipto. Una especie de empatía contagiosa con aquellos jóvenes que gritaban por su libertad me había invadido por completo. La noche del jueves diez, cuando tras 17 días de protesta Mubarak anunciaba que permanecería en el poder, presagiaba lo peor. Cenando alrededor de la mesa, comentaba con mis padres las declaraciones en directo del dictador egipcio, y nos preguntábamos que consecuencias nefastas traería aquella decisión.

El día siguiente, viernes de oración en los países árabes, lo pase navegando en Internet en busca de información y siguiendo detenidamente el goteo de noticias que los corresponsales y los blogueros ofrecían. Finalmente, por la tarde, la televisión mostraba en directo el esperado anuncio de la retirada de Mubarak del poder. Las imágenes de la plaza de la liberación abarrotada celebrando con júbilo la buena nueva me crearon un escalofrío que atravesó mi cuerpo de pies a cabeza. Instintivamente, creo que sin pensarlo siquiera, ya estaba buscando billetes y haciendo cuentas de mis ahorros para irme para allá lo más pronto posible. Quería compartir esa desbordante sensación de felicidad. Deseaba vivir, de cerca, con los egipcios, ese agradable sabor a libertad recién estrenada que tantos muertos había costado. Quería escuchar de primera mano los motivos, las ideas, los sentimientos y las aspiraciones de aquella recién nacida revolución. Así que al día siguiente ya estaba volando hacia El Cairo con mi cámara, mi macuto y mi cuaderno.

Pensaba que volaría solo, o a lo sumo con algún periodista. Pero me sorprendió descubrir que en el avión volaban numerosas familias inglesas con hijos muy pequeños. Poco después, afinando el oído en las conversaciones de los pasajeros (perdonen la indiscreción), pude descubrir que se trataba extranjeros residentes en Egipto que habían huido con los niños por miedo y volvían ahora en el primer avión tras la caída del dictador.

Durante el vuelo conocí a Sara, sevillana, que venía a visitar a su novio egipcio tras muchos días de tensión y tres cambios de fecha del billete de avión. Ambos se ofrecieron a llevarme desde el aeropuerto hacia El Cairo en coche. Ibrahim, joven y licenciado en filología hispánica, me contó durante el recorrido los acontecimientos de los días de protestas que él había vivido en primera persona. Se mostraba orgulloso de la lucha de su pueblo, y tremendamente feliz de que todo hubiese acabado. Lamentaba el alto precio que habían pagado por su libertad: más de 900 muertos y un daño incalculable a la industria del turismo del país. Se mostraba tremendamente agradecido a los militares, que según él se habían negado a cumplir la orden de disparar contra el pueblo y lo había apoyado y protegido. De camino hacia el centro nos cruzamos con hileras de tanques, vehículos blindados y soldados por todas partes. Los coches pitaban constantemente y la gente asomaba los cuerpos por las ventanillas gritando y agitando banderas egipcias. 


Sobre las 10 de la noche el coche me dejó sobre el puente de la plaza de la liberación. Enseguida bajé hacia el tumulto con la mochila en la espalda y aún sin sitio donde dormir. Aquello era un hervidero de sensaciones. La gente gritaba, se abrazaba y trepaba a los tanques y blindados. Miles de banderas ondeando a la luz de las farolas creaban en la plaza una imagen mística. La gente abrazaba a los soldados y les agradecía su apoyo y su negativa a disparar contra el pueblo. Mi imagen de turista con la mochila a la espalda atraía todas las miradas. Me preguntaban constantemente porque estaba allí, y cuando comentaba que simplemente había venido a compartir su alegría la gente se sorprendía, me abrazaba y me invitaba a la celebración. A los 5 minutos de llegar a la plaza una señora me pidió hacerme una foto con su bebe, la bandera egipcia y un imponente tanque de fondo. Yo no salía de mi asombro ante tan inmerecido protagonismo. Enseguida ya me habían puesto una cinta en la frente con los colores de la bandera y me los habían pintado también con tempera en la cara. La noche entera la pase de grupo en grupo, tomando fotos, subiendo a los tanques e intentando corear los cánticos que alguien me ayudó a traducir: "¡El pueblo, quiere, cambiar el sistema!" "¡El pueblo se queda, Mubarak se va!"



A las 5 de la mañana la mochila y el cansancio empezaban a pesarme así que decidí irme a buscar un sitio donde dormir. Ya en las afueras de la plaza, intenté tomar mi última foto a una larga hilera de tanques en una calle solitaria. De pronto una voz en árabe me gritó algo que no pude entender y apareció un hombre de paisano acompañado de 4 militares y me arrebató bruscamente la cámara. Habló con los soldados y me hizo un gesto para que le siguiese mientras los cuatro soldados me seguían rodeándome y apuntándome con las bayonetas. Me llevaron al interior del Museo egipcio tras la alambrada a una especie de patio. Apareció un oficial de pelo blanco, con uniforme diferente y cara de pocos amigos rodeado de varios soldados de la policía militar. La cosa parecía que ponerse seria y la verdad es que estaba muerto de miedo. Un soldado que hablaba inglés traducía al oficial mientras me pedía que vaciase mi mochila y mis bolsillos. La suerte quiso que al revisar el oficial mis cosas reparase en el libro que estaba leyendo. Se trataba de "El palestino" de Antonio Salas, en el cual aparece la mezquita de Al Aqsa de Jerusalén en la portada. Me preguntó acerca del libro y le expliqué cómo pude que había estado el último verano en Palestina y había visitado la mezquita. Al momento todo cambio. La cara del oficial parecía otra, con una enorme sonrisa, y en un tono mucho más amable me preguntaba si me había gustado, y más cosas acerca de mi viaje. Imagino que, tras tres guerras contra el Estado de Israel, fue la previsble simpatía de muchos militares egipcios hacia la causa  palestina lo que me ayudó a salir del paso. A los pocos minutos me despidieron amablemente y me dijeron que todo había sido una broma (menuda broma pensé yo). Finalmente un amable joven egipcio me ayudó a encontrar un hostal barato donde dormir y enseguida caí rendido y feliz.

Al día siguiente me levanté temprano, y pude ver como los militares intentaban desalojar pacíficamente a los manifestantes que seguían con las celebraciones en la plaza, pero era tarea imposible y según fue llegando la tarde se fue llenado de nuevo de gente. Los jóvenes, muy organizados y con una credencial colgando del cuello, se disponían a limpiar los desperfectos de la plaza provocados por los disturbios. Me emocioné al ver batallones de chavales desfilando con los cepillos en alto dispuestos a barrer la plaza, desmontar las barricas y carteles, pintar las barandillas y pasos de cebra, etc. Una muestra más del compromiso, la ilusión, la iniciativa y la organización de estos jóvenes que han sido la voz cantante de la revuelta. 




Entre las numerosas imágenes que mis ojos y mi cámara captaron ese día destacaría la de un hombre herido en la revuelta, encaramado a un improvisado escenario con la cabeza vendada, un Corán en una mano y una cruz en la otra. Y es que muchos manifestantes hacían especial hincapié en el carácter laico de la revuelta y en cuanto podían lo recalcaban, para contrarrestar las versiones difundidas por Occidente sobre el tinte de islamismo radical de las protestas que tanto dañaba la imagen de Egipto y de la propia revolución. 



En la plaza de Tahrir conocí a las corresponsales de la SER y de la COPE, y esta última me invitó a ver la grabación de los directos de varias televisiones españolas sobre la azotea del edificio de la sede de Al Jazzira en El Cairo. Allí pude conocer de primera mano cómo viven y trabajan los corresponsales a la hora de cubrir conflictos como éste y conocí a gente encantadora. Después fui a cenar con Beatriz Mesa (corresponsal de la COPE, Telemadrid y El periódico de Catalunya) y Laura L. Caro (corresponsal de ABC para Oriente Medio) a casa de un matrimonio de guías turísticos egipcios. Miriam y Said habían vivido en España y eran licenciados en filología árabe con lo cual hablaban un perfecto castellano. Con una increíble hospitalidad, nos ofrecieron una suculenta cena consistente en numerosos platos egipcios. La velada se convirtió en un intenso debate político sobre la revolución egipcia, el papel de los jóvenes, los Hermanos Musulmanes, Al Baradei, etc. Me pareció un regalo de valor incalculable escuchar y aprender tanto de la enorme experiencia y conocimientos de dos corresponsales tan curtidas en Oriente Próximo y del hospitalario y divertido matrimonio egipcio. Said es representante en Egipto de una agencia turística española. Vivió el inicio de las protestas encerrado en un crucero sobre el Nilo con un grupo de más de 100 españoles a los que no se les permitía desembarcar y que finalmente fueron evacuados desde Luxor hacia España. El matrimonio afirmaba que los jóvenes egipcios les habían dado a ellos una enorme lección de dignidad. Ambos presumían de haber acudido diariamente a las protestas y se mostraban esperanzados en un nuevo futuro, orgullosos de sus jóvenes y de su país. Tras despedirnos y agradecerles mil veces todo cogimos un taxi y nos fuimos a casa, no sin antes ser parados en 6 controles militares debido un toque de queda que parece no respetarse demasiado.

Al día siguiente visité bien temprano las pirámides. No encontré a ningún turista en todo el recinto, nada más un equipo de cámaras extranjero que grababa la inusual imagen de las pirámides vacías de visitantes. Allí pude comprobar, al hablar con varias personas, que era cierta una historia que me habían contado: fue mucha de la gente de la zona turística de Giza la que cargó contra los manifestantes de la plaza el día de los enfrentamientos entre detractores y defensores de Mubarak. Agentes de policía de paisano habían acudido hasta allí para contar que eran los manifestantes los que impedían la llegada de turistas y por ello se estaban arruinando. Muchos habitantes de Gizah marcharon hacia el centro de El Cairo, dando lugar a la apoteósica imagen, mostrada en todos los noticieros, de la carga contra los manifestantes de gente montada sobre los camellos, carros y caballos que utilizan para pasear a los turistas por las pirámides. También di una vuelta a caballo por los alrededores del recinto para ver las pirámides desde otra perspectiva. Allí pude ver la imagen tétrica de una decena de cadáveres de caballos pudriéndose al sol. El egipcio que me había alquilado el caballo me contó que al no tener dinero para pagar la comida de los caballos a muchos los tenían que dejar morir. Una imagen tan trágica como descriptiva del daño que la pérdida del turismo está causando en la economía egipcia.



Dando una vuelta por los alrededores de la plaza Tahrir pude observar las huellas de la revuelta en edificios y coches calcinados. Entre los edificios arrasados estaba la sede del partido de Mubarak, cuyos restos ofrecían una imagen muy representativa de la violencia que se había vivido en los días anteriores a mi llegada. El Museo egipcio seguía cerrado y acordonado por los militares, al igual que los edificios gubernamentales y la televisión pública.




Ya por la tarde, de nuevo en la Plaza de la Liberación, conocí a Ulla. Me resultó extraño ver a una chica rubia con rastas en mitad de la plaza, porque no había encontrado un solo turista en los días que llevaba en la ciudad, así que enseguida nos hablamos. Se trataba de una chica finlandesa de 26 años que conocía muy bien Egipto ya que estudiba en El Cairo árabe y danza sufí por temporadas. Fuimos a tomar algo a una calle donde se reúnen los jóvenes artistas egipcios a tomar té y fumar de la cachimba. Allí me contó que ella vio desde Finlandia las protestas y se vino a vivirlo desde los primeros días. Escucho todo lo que ha vivido en primera persona y como ha tenido que dormir en varias ocasiones en la mezquita por no poder volver a su albergue por el cerco policial (¡y yo que pensaba que lo mío era aventura!). Al rato se apuntan a la conversación dos jóvenes egipcios y volvemos a hablar de la situación. Tienen apenas 19 años pero ambos han participado activamente en las protestas y tienen las ideas muy claras acerca de lo que significa para ellos la revolución. Sueñan con un Egipto libre y democrático, un estado moderno, abierto a Europa y al mundo, con oportunidades laborales para los jóvenes y donde se respete cualquier tipo de ideología y religión. Hablan árabe e inglés, estudian en la universidad, manejan Internet a la perfección… son el perfil de la nueva juventud egipcia, culta, comprometida, abierta, organizada, y por una vez se sienten con el poder de cambiar y crear su propio destino. Y lo acaban de comprobar. 

Vuelvo a mi hostal con la imagen de estos chicos en la cabeza. Pronto volveré a España. Dejo tras de mí el recuerdo de un pueblo admirable que me ha acogido y enseñado mil lecciones, y la imagen de un Egipto nuevo resurgiendo de sus cenizas, cargado de ilusión, esperanza y futuro.


Hubiera sido marinero en tierra por ti


Hubiera sido marinero en tierra por ti.
Hubiese anclado cuerpo y alma
en el mar transparente de tu ombligo.

Hubiera escrito cada noche  versos en tu espalda
te quieros en el vaho de los espejos
y cuentos con perdices antes de dormir.

Hubiera dado cada paso por andar tu camino,
cada hoy por un mañana a tu lado
cada lágrima mía por hacerte feliz.

Hubiera convertido tus latidos
en el reloj timonel de mis rutinas
perdiendo mi tiempo perdiéndome en ti.

Hubiera guardado el silencio en cajitas de madera
para esos momentos transparentes
en los que tus ojos contaban todo lo que había que decir.

Hubiera creado un altar bajo tu almohada
agradeciendo al dios de tus cosquillas
amanecerme, amanecerte, amanecer.

Hubiera acariciado con líneas de sol tu espalda
colándome por las persianas viejas
de los rincones de dos almas hechas una.

Hubiera…si me hubieras dejado.
Si me hubieses permitido
un resquicio entre tus brazos
para colarme en ti.
Hubiera amado hasta quedarme hueco,
puro hueso, y lágrimas con sal.

Hubiera dado tanto y tantas veces…
tanto, y tantas veces,
que perderte fue perderme,
que olvidarte fue arrancarme pedacitos del alma,
y quererte fue endeudarme a una mirada
que mis versos no pueden pagar.

El sistema, la felicidad y el olvido.


 Cuanto más te da el sistema, mas sientes que le debes algo. Tu televisión, tu coche, tus calles sin ladrones ni mendigos, son deudas que el sentido de reciprocidad te invita a pagar. El precio pactado es el olvido. Evitar las preguntas incómodas acerca de los cadáveres y cenizas que cimientan el estado del bienestar. Olvidar que existe el Sur. Que el norte importa recursos a precio de circo y exporta las armas que crean ese caos tan rentable y los residuos que no puede tragar. El precio de la felicidad absoluta es la ignorancia voluntaria. Cerrar los ojos, emborrachar la conciencia en bacanales de consumo, y disfrutar del botín saqueado por los piratas económicos del libre mercado. Felicidad rentable. Olvido rentable. Ya no es necesaria la revolución…

PABLO GARCIA-INÉS

Sexo

SEXO. El planeta agoniza y tal vez todo se deba a una cuestión de identidad sexual. La madre tierra. La pacha mama. La diosa creadora de vida y fecundidad. La dueña y protectora de todo cuanto en ella habita, ha sido sustituida por El Hombre. En masculino. Creador y productor del progreso. Dueño y señor de los mares y los vientos. Centro del universo. Investido con la razón y orgulloso poseedor de la absoluta verdad.


El cambio de paradigma se expandió como la pólvora de la mano del progreso industrial. Viajó con los conquistadores hasta los confines del mundo. Formateó la memoria colectiva y celebró el matricidio en los altares de la gran civilización patriarcal.

El planeta se muere, y tal vez todo se reduzca a una cuestión semántica y cognitiva de cambio género. De SEXO. Siento la decepción de todos aquellos que malgastaron su tiempo leyendo mi texto atraídos por el sentido carnal y lujurioso de la palabra. No era mi intención banalizar con este sagrado vocablo mágico del mercado. Reservado queda el poder hipnótico de esta mano de midas para los trovadores del marketing empresarial. Gócenla ustedes vendedores de autos,  cazadores de audiencias y destronadores de presidentes de imperios con un solo movimiento de bragueta de becaria.


Olviden todo lo que les acabo de contar. Qué más da. Si la realidad no nace ya de la tierra, ni del hombre. Como todos sabemos, nace de la televisión.


PABLO GARCÍA-INÉS