Rajoy I de España y V de Alemania. O al revés. Da lo mismo que lo
mismo da. Poco han cambiado las cosas desde aquella época dorada en la
que no se ponía el sol. La crisis actual es una repetición de la
historia, de la injusticia, de la miseria, del derroche, de la
represión, repetidos como tragedias, un tropiezo sistemático con la
misma piedra que acabará por descalabrarnos a todos.
La historia la escribe el poder
En
aquellos tiempos del inicio del reinado de los Austrias, como en los
tiempos de ahora, la opulencia de unos pocos elegidos se cimentaba sobre
el sufrimiento de la inmensa mayoría. Las tierras dominadas por la
Corona española se extendían de continente a continente. La gloria del
imperio parecía ser la envidia del mundo occidental, las riquezas de
América llenaban las arcas, hasta España llegaban de todas partes del
mundo los mejores y más lujosos productos de todos los confines del
mundo conocido. El orgullo de ser español no cabía en las corazas de sus
nobles caballeros.
La época dorada, lo llamaron los
historiadores del poder y del reality, pero nada más lejos de la
realidad. La población indígena de América latina era brutalmente
aniquilada, sus pueblos destruidos y sus recursos expoliados, a la vez
que miles de esclavos eran arrancados de África para trabajar en las
minas y campos de cultivo en las colonias. Al mismo tiempo el pueblo
llano español padecía hambrunas y miserias devastadoras, mientras el
precio de los alimentos y las mercaderías crecía sin parar. Para
contentar a las masas de la metrópoli y sobre todo contenerlas ante la
injusticia se les ofrecía mucho circo y poco pan: la alusión de las
victorias militares del imperio y los festejos reales ofensivamente
opulentos contentaban al pueblo tal y como ahora se ofrece la victoria
de España en el mundial.
La segunda conquista
En
el diario del Descubrimiento, Colón escribió 139 veces la palabra oro. Y
a por ese oro se lanzaron en oleadas los conquistadores. A tiro de
arcabuz y golpe de espada se abrían paso guiados por la fiebre de
delirios de grandeza que causaba aquel metal que convertía labriegos en
caballeros y en obispos a los monaguillos. Cinco siglos después,
mientras se celebraba el V centenario del descubrimiento, las recién
nacidas multinacionales españolas, paridas por las madres de la
privatización, ya estaban de nuevo embarcadas en su aventura colonial,
dispuestas a “hacer las Américas” en el Jardín del Edén. Jugaron con las
palabras, y donde se decía expolio ellos dijeron inversión. Con una
violencia mejor maquillada y los mismos engaños de espejos y fuegos de
artificio, los descendientes de los conquistadores barbudos colocaban
sus banderas en los pozos de petróleo, ponían sus siglas sobre las cajas
de ahorros locales y fundaban sus sedes sobre las cenizas de
Tenochtitlán.
La deuda como forma de dominación
Durante
el reinado de Carlos V la nobleza española y la corona pronto se
acostumbraron a los flujos constantes de dinero gratis, y perdieron la
cabeza y el contacto con la realidad, si es que alguna vez lo tuvieron. Y
la historia se repite. De la misma manera en los últimos años las
Comunidades Autónomas se acostumbraron al dinero gratis de las
subvenciones europeas y olvidaron el ahorro y la inversión. Los bancos
jugaron a la alquimia de la especulación financiera e inmobiliaria que
generaba dinero sin mover un dedo y los partidos políticos le cogieron
el gusto a las generosas donaciones en campaña por parte de las
multinacionales por ellos privatizadas, que más adelante devolverían los
favores prestados con puestos generosamente remunerados en su organismo
asesor.
Entre 1503 y 1660 llegaron al puerto de Sevilla
185 mil kilos de oro y 16 millones de kilos de plata. Desde yacimientos
tan inmensamente rentables como Potosí, Guanajuato y Zaquatecas,
llegaban a España ingentes cantidades de metales preciosos que suponían
auténticas fortunas, pero de ello nada quedaba para el pueblo español.
La corona estaba endeudada hasta la médula, debido al coste de mantener
el imperio con guerras contra media Europa y los turcos, y el precio
pagado por los lujos y la opulencia de la realeza y la Corona. A manos
de los acreedores, en su mayoría extranjeros, partían las inmensas
riquezas provenientes de América y los impuestos, cada vez mayores,
recaudados por el reino. El dinero era destinado a pagar la deuda
contraída con los banqueros de Génova, Flandes o Inglaterra. Y es que ya
las grandes familias de banqueros europeos, como los Függer, los Weler,
los Seros y los Grimaldi habían establecido sus tentáculos por toda
Europa, y financiaban a cambio de grandes intereses ambos bandos de la
guerra imperial y las grandes obras de la Iglesia, como la Catedral de
San Pedro en Roma. Los capitalistas españoles se convertían en
rentistas, a través de la compra de los títulos de deuda de la Corona, y
no invertían sus capitales en el desarrollo industrial.
La
historia vuelve a repetirse. Actualmente, debido a las pésimas
gestiones de los anteriores Gobiernos, entre 2007 y 2011 se ha disparado
un 70% el dinero destinado a pagar los intereses de la deuda del
Estado. Según los Presupuestos Generales del Estado de 2012, durante
este ejercicio se irán 28.8481 millones en pagar deuda pública.
A las ordenes del gran capital europeo
Carlos
V, heredero del imperio por elección comprada, sólo había pasado en
España dieciséis de los cuarenta años de su reinado. Ascendió al trono
sin conocer una sola palabra de castellano. Gobernaba rodeado por un
séquito de flamencos rapaces a los que extendía salvoconductos para
sacar de España los cargamentos de oro y joyas, y a los que también
premiaba con cargos de obispos, títulos nobiliarios y hasta licencias
para conducir esclavos negros a las colonias americanas.
De
la misma manera, los gobernantes de los últimos tiempos se dejan comer
la oreja por las políticas europeas del norte, dueñas del control del
BCE, que exprimen a los países del sur hasta sacarles la última moneda
de los créditos contraídos y desmantelan sus estados de bienestar. A los gobernantes que cumplen con la tarea y
los servicios requeridos se les premia después con altos cargos en los
organismos europeos, puestos como asesores en las multinacionales que
les deben favores políticos o como altos directivos de bancos y agencias
de calificación.
El derroche y la opulencia
Cuentan
que en la época dorada de Potosí hasta los caballos calzaban herraduras
de plata. Y cascos de hierro empedrados con esmeraldas y vistosos
plumajes. Las damas lucían pedrería y diamantes pulidos y los caballeros
vestían finísimos paños bordados de Holanda. En la metrópoli, en
cambio, era poco el dinero de la riqueza expoliada que no se dedicaba a
pagar los intereses de la deuda. La pequeña cantidad que aquí quedaba se
invertía en opulencias improductivas e iba a parar a las pocas manos
que manejaban el poder y por supuesto, el pueblo ni las olía. Mientras
los nobles de siempre levantaban palacios y acumulaban joyas, los nuevos
ricos fruto de la especulación del mercado compraban tierras y títulos
de nobleza. El duque de Medinaceli tenía setecientos criados y
trescientos el duque de Osuna. Ropas y muebles de lujo, productos
exóticos, amplias servidumbres, palacios, fiestas inmensamente
derrochadoras. Los excesos de la aristocracia condenaban a España a la
impotencia económica. El pueblo padecía una miseria nunca antes
conocida. El hambre y las epidemias hacían estragos entre los que
conseguían librarse de la muerte en las guerras. El precio de los
alimentos, así como la represión, no paraban de aumentar.
La
fiesta al dios del dinero fácil, el sacrificio de la razón en los
altares de la opulencia y el derroche, el lujo ostentoso y el gasto sin
fin a cargo de la deuda se repitieron recientemente también. Aeropuertos
sin aviones, estaciones del AVE sin pasajeros, lujosas urbanizaciones
en el desierto con verdes campos de golf, coches oficiales de la más
alta gama, yates de lujo regalados al Rey, corrupción de políticos y de
la Casa Real, empresarios convertidos en nuevos ricos que gastaban en
coches de lujo lo que recortaban a sus trabajadores, dinero de los ERE
para fiestas y cocaína. Grandes multinacionales y bancos españoles
repartían millonarios dividendos a sus directivos mientras recibían
dinero público y tramitaban expedientes de regulación de empleo entre
sus plantillas. Y el gobierno montaba en cólera cuando nacionalizaban
las multinacionales “españolas” en el extranjero mientras callaba ante
la bajada de persiana definitiva de miles de PYMES expulsadas del
mercado por la crisis y liberalización comercial.
Y
mientras, 5 millones de parados, sube el precio del transporte público,
se recorta en sanidad y educación, se suprime la cooperación con los
países expoliados, se suben los impuestos, se bajan los salarios, se
inyecta dinero a la banca y a la iglesia, se aumenta la represión, se
recortan los derechos y se facilita el despido y la precariedad laboral.
De la espada a la porra, un paso natural
Durante
el reinado de Carlos V todas estas diferencias e injusticias generaban
en la metrópoli y en las colonias un malestar social que convertía el
imperio en una olla a presión a punto de estallar. El orden y la ley en
aquellos tiempos de oscuridad e injusticia se mantenían a base de la
espada y la cruz.
Las espadas de los conquistadores
imponían la ley del Rey y de Dios en los territorios de América,
mientras las espadas de los ejércitos, financiados por la deuda,
arrasaban a los comuneros de Castilla que reclamaban el fin de los
privilegios de la nobleza y aplacaban a base de masacres las luchas de
los trabajadores, como los hilanderos y artesanos de Valencia, que
levantados en armas reclamaban dignidad laboral.
El
tránsito de la espada a la porra fue un paso natural en la historia de
la represión interna, debido al cambio de los tiempos en los que la
imagen creada de ficticia libertad importa tanto, y en los que la muerte
de los obreros era un precio demasiado caro a pagar para la imagen del
poder. Y así las porras se lanzaron contra los estudiantes valencianos o
los indignados catalanes de la misma forma que las espadas limpiaban de
protestas los campos de castilla años atrás. Como muestra, un botón:
una de las primeras decisiones del nuevo gobierno fue la compra de
bombas lacrimógenas por valor de más un millón de euros, días antes del
inicio de los ajustes económicos, anticipándose a la reacción que
pudieran causar.
En el nombre de dios
La
espada y la cruz. Por supuesto, la cruz. La Inquisición, fortalecida
con Felipe II, perseguía a los hombres de la ciencia y la cultura, a los
judíos, a los musulmanes, y todo aquel que cometiese la herejía de
pensar diferente. El poder de la Iglesia sobre los mandatos del Reino
era total, y bajo su influencia se emprendió la sangrienta
evangelización forzosa de los territorios de ultramar y se empezaron las
guerras contra los herejes calvinistas del norte de Europa.
Siglos
después mientras se recortan hasta la muerte los gastos en
investigación científica, los salarios y las garantías sociales, la
Iglesia sigue conservando privilegios dignos de otras épocas,
manteniéndose la enseñanza de la religión en los colegios mientras se
mutilan los temarios relacionados con los derechos humanos y la
igualdad, siempre tan peligrosos de conocer.
El enemigo exterior
Para
mantener la paz social ante tanta injusticia y despilfarro, Carlos V
necesitaba una excusa poderosa que distrajese al pueblo y lo mantuviese
unido, y para ello nada mejor que inventar un enemigo común. Así se
embarcó el monarca en una descabellada guerra contra Francia, en
batallas que llegaron hasta la misma Roma. A la vez se enfrentó a las
tropas turcas de Barbaroja, que desde el Oriente traían el peligro de la
religión de Alá.
También en nombre de la paz y los
valores de Occidente se enfrenta ahora España a los seguidores de
Mahoma, inmersa en una guerra en las lejanas montañas de Afganistán en
la que ha gastado ya 2.500 millones en una década de conflicto. Son
parte del récord de 861 millones de euros que España gastó en
operaciones militares, incluida la operación Atalanta en las costas de
Somalia, de 100 millones de euros de gasto anual, donde los buques de la
armada protegen y mantienen el expolio de las caladeros pesqueros
somalíes por parte de las multinacionales atuneras españolas, con sus
redes ilegales incluidas. Gastos para tiempos de crisis: permitir el
saqueo y además proteger al ladrón.
La monarquía
Y
el rey, el poderoso rey. La corona en tiempos de Carlos V derrochaba
ingentes cantidades de dinero en lujosos palacetes, monasterios,
fiestas, joyas y muebles de lujo, mientras el pueblo llano moría de
hambre mendigando a las puertas de los palacios.
Actualmente
la Casa Real sigue siendo la institución con menor transparencia en
cuanto a sus cuentas se refiere. Pese a todo los gastos totales de la
Casa Real, incluyendo su asignación oficial, pueden calcularse y
elevarse en la práctica a casi 25 millones, incluyendo los gastos de
desplazamientos, el mantenimiento de bienes muebles e inmuebles (que
como propiedad de Patrimonio Nacional, se incluyen en su presupuesto
específico), el mantenimiento de los 60 vehículos oficiales (que son
parte del Parque Móvil del Estado, y se incluye en su presupuesto
específico en el Ministerio de Hacienda) y los viajes al extranjero, que
son sufragados por el Ministerio de Asuntos Exteriores. Demasiado gasto
para un cargo nunca elegido, cuyo único mérito es el de haber nacido
con el privilegio de la sangre azul.
La cultura y la educación como peligro social
En
la España del Siglo de Oro el imperio de la fuerza despreciaba la
educación, el arte y la cultura, sacrificados en los altares de los
dioses de la guerra y la opulencia material. En las hogueras de las
colonias ardían los libros mayas, junto con las obras artísticas
indígenas de oro y plata que se fundían para vender al peso del metal.
En la metrópoli se prohibía la importación de libros extranjeros y se
impedía estudiar fuera de España. Los estudiantes de Salamanca se
redujeron en pocas décadas a la mitad, mientras el clero y la nobleza se
multiplicaban sin parar.
El camino se retoma. Se reduce a
mínimos la inversión en cultura, investigación y educación. Suben las
tasas universitarias, se mercantiliza la educación, se reduce el número
de profesores y sus salarios. Se masifican las aulas. El saber no ocupa
lugar, pero es peligroso, el pueblo formado puede descubrir que la
situación actual tiene más de estafa que de crisis. El sistema educativo
español se derrumba a la misma velocidad que huyen los cerebros por
nosotros formados, rumbo a los países que nos imponen los mismos
recortes que no les permiten investigar aquí.
La historia se repite como farsa
Como
vemos, las cosas no han cambiado demasiado. Los tiempos del absolutismo
y del imperio en ruinas se han maquillado con máscaras de democracia y
libertad. Las clases trabajadoras siguen pagando los excesos y la
opulencia de los grupos dominantes, mientras les gritan al oído con sus
medios masivos que el problema era que vivían demasiado bien. Se
socializan las pérdidas, se privatizan las ganancias. Corren tiempos de
precariedad, de injusticia, y por consiguiente de represión.
En
palabras Karl Marx: la historia se repite a sí misma, primero como
tragedia y luego como farsa. Y esa farsa, esa estafa a la que llaman
crisis, por la que todos debemos ceder y sacrificarnos, derechos
incluidos, está llegando demasiado lejos. El hombre que no conoce su
historia está condenado a repetir sus errores. Es hora de hacer algo, de
cambiar algo. Conociendo nuestro pasado y construyendo nuestro futuro.
España
y sus gentes se desangran, gota ha gota. Y no serán ellos, los
poderosos, quienes tapen la herida que crearon para enriquecerse con los
restos del difunto. Las venas abiertas emanan sangre dejando una España
moribunda y saqueada, mientras los médicos que pretenden sanarla
inyectan a los bancos el dinero destinado a las vendas que la podrían
curar.
Pablo García-Inés
www.pablogarciaines.com
Twitter: @pablogarciaines
*Artículo basado en la información del libro “Las venas abiertas de América latina” de Eduardo Galeano


