lunes, 28 de mayo de 2012

Las venas abiertas de una España en ruinas

Rajoy I de España y V de Alemania. O al revés. Da lo mismo que lo mismo da. Poco han cambiado las cosas desde aquella época dorada en la que no se ponía el sol. La crisis actual es una repetición de la historia, de la injusticia, de la miseria, del derroche, de la represión, repetidos como tragedias, un tropiezo sistemático con la misma piedra que acabará por descalabrarnos a todos.


La historia la escribe el poder

En aquellos tiempos del inicio del reinado de los Austrias, como en los tiempos de ahora, la opulencia de unos pocos elegidos se cimentaba sobre el sufrimiento de la inmensa mayoría. Las tierras dominadas por la Corona española se extendían de continente a continente. La gloria del imperio parecía ser la envidia del mundo occidental, las riquezas de América llenaban las arcas, hasta España llegaban de todas partes del mundo los mejores y más lujosos productos de todos los confines del mundo conocido. El orgullo de ser español no cabía en las corazas de sus nobles caballeros.

La época dorada, lo llamaron los historiadores del poder y del reality, pero nada más lejos de la realidad. La población indígena de América latina era brutalmente aniquilada, sus pueblos destruidos y sus recursos expoliados, a la vez que miles de esclavos eran arrancados de África para trabajar en las minas y campos de cultivo en las colonias. Al mismo tiempo el pueblo llano español padecía hambrunas y miserias devastadoras, mientras el precio de los alimentos y las mercaderías crecía sin parar. Para contentar a las masas de la metrópoli y sobre todo contenerlas ante la injusticia se les ofrecía mucho circo y poco pan: la alusión de las victorias militares del imperio y los festejos reales ofensivamente opulentos contentaban al pueblo tal y como ahora se ofrece la victoria de España en el mundial.


La segunda conquista

En el diario del Descubrimiento, Colón escribió 139 veces la palabra oro. Y a por ese oro se lanzaron en oleadas los conquistadores. A tiro de arcabuz y golpe de espada se abrían paso guiados por la fiebre de delirios de grandeza que causaba aquel metal que convertía labriegos en caballeros y en obispos a los monaguillos. Cinco siglos después, mientras se celebraba el V centenario del descubrimiento, las recién nacidas multinacionales españolas, paridas por las madres de la privatización, ya estaban de nuevo embarcadas en su aventura colonial, dispuestas a “hacer las Américas” en el Jardín del Edén. Jugaron con las palabras, y donde se decía expolio ellos dijeron inversión. Con una violencia mejor maquillada y los mismos engaños de espejos y fuegos de artificio, los descendientes de los conquistadores barbudos colocaban sus banderas en los pozos de petróleo, ponían sus siglas sobre las cajas de ahorros locales y fundaban sus sedes sobre las cenizas de Tenochtitlán.


La deuda como forma de dominación

Durante el reinado de Carlos V la nobleza española y la corona pronto se acostumbraron a los flujos constantes de dinero gratis, y perdieron la cabeza y el contacto con la realidad, si es que alguna vez lo tuvieron. Y la historia se repite. De la misma manera en los últimos años las Comunidades Autónomas se acostumbraron al dinero gratis de las subvenciones europeas y olvidaron el ahorro y la inversión. Los bancos jugaron a la alquimia de la especulación financiera e inmobiliaria que generaba dinero sin mover un dedo y los partidos políticos le cogieron el gusto a las generosas donaciones en campaña por parte de las multinacionales por ellos privatizadas, que más adelante devolverían los favores prestados con puestos generosamente remunerados en su organismo asesor.

Entre 1503 y 1660 llegaron al puerto de Sevilla 185 mil kilos de oro y 16 millones de kilos de plata. Desde yacimientos tan inmensamente rentables como Potosí, Guanajuato y Zaquatecas, llegaban a España ingentes cantidades de metales preciosos que suponían auténticas fortunas, pero de ello nada quedaba para el pueblo español. La corona estaba endeudada hasta la médula, debido al coste de mantener el imperio con guerras contra media Europa y los turcos, y el precio pagado por los lujos y la opulencia de la realeza y la Corona. A manos de los acreedores, en su mayoría extranjeros, partían las inmensas riquezas provenientes de América y los impuestos, cada vez mayores, recaudados por el reino. El dinero era destinado a pagar la deuda contraída con los banqueros de Génova, Flandes o Inglaterra. Y es que ya las grandes familias de banqueros europeos, como los Függer, los Weler, los Seros y los Grimaldi habían establecido sus tentáculos por toda Europa, y financiaban a cambio de grandes intereses ambos bandos de la guerra imperial y las grandes obras de la Iglesia, como la Catedral de San Pedro en Roma. Los capitalistas españoles se convertían en rentistas, a través de la compra de los títulos de deuda de la Corona, y no invertían sus capitales en el desarrollo industrial.

La historia vuelve a repetirse. Actualmente, debido a las pésimas gestiones de los anteriores Gobiernos, entre 2007 y 2011 se ha disparado un 70% el dinero destinado a pagar los intereses de la deuda del Estado. Según los Presupuestos Generales del Estado de 2012, durante este ejercicio se irán 28.8481 millones en pagar deuda pública.


A las ordenes del  gran capital  europeo

Carlos V, heredero del imperio por elección comprada, sólo había pasado en España dieciséis de los cuarenta años de su reinado. Ascendió al trono sin conocer una sola palabra de castellano. Gobernaba rodeado por un séquito de flamencos rapaces a los que extendía salvoconductos para sacar de España los cargamentos de oro y joyas, y a los que también premiaba con cargos de obispos, títulos nobiliarios y hasta licencias para conducir esclavos negros a las colonias americanas.

De la misma manera, los gobernantes de los últimos tiempos se dejan comer la oreja por las políticas europeas del norte, dueñas del control del BCE, que exprimen a los países del sur hasta sacarles la última moneda de los créditos contraídos y desmantelan sus estados de bienestar. A los gobernantes que cumplen con la tarea y los servicios requeridos se les premia después con altos cargos en los organismos europeos, puestos como asesores en las multinacionales que les deben favores políticos o como altos directivos de bancos y agencias de calificación.


El derroche y la opulencia

Cuentan que en la época dorada de Potosí hasta los caballos calzaban herraduras de plata. Y cascos de hierro empedrados con esmeraldas y vistosos plumajes. Las damas lucían pedrería y diamantes pulidos y los caballeros vestían finísimos paños bordados de Holanda. En la metrópoli, en cambio, era poco el dinero de la riqueza expoliada que no se dedicaba a pagar los intereses de la deuda. La pequeña cantidad que aquí quedaba se invertía en opulencias improductivas e iba a parar a las pocas manos que manejaban el poder y por supuesto, el pueblo ni las olía. Mientras los nobles de siempre levantaban palacios y acumulaban joyas, los nuevos ricos fruto de la especulación del mercado compraban tierras y títulos de nobleza. El duque de Medinaceli tenía setecientos criados y trescientos el duque de Osuna. Ropas y muebles de lujo, productos exóticos, amplias servidumbres, palacios, fiestas inmensamente derrochadoras. Los excesos de la aristocracia condenaban a España a la impotencia económica. El pueblo padecía una miseria nunca antes conocida. El hambre y las epidemias hacían estragos entre los que conseguían librarse de la muerte en las guerras. El precio de los alimentos, así como la represión, no paraban de aumentar.

La fiesta al dios del dinero fácil, el sacrificio de la razón en los altares de la opulencia y el derroche, el lujo ostentoso y el gasto sin fin a cargo de la deuda se repitieron recientemente también. Aeropuertos sin aviones, estaciones del AVE sin pasajeros, lujosas urbanizaciones en el desierto con verdes campos de golf, coches oficiales de la más alta gama, yates de lujo regalados al Rey, corrupción de políticos y de la Casa Real, empresarios convertidos en nuevos ricos que gastaban en coches de lujo lo que recortaban a sus trabajadores, dinero de los ERE para fiestas y cocaína. Grandes multinacionales y bancos españoles repartían millonarios dividendos a sus directivos mientras recibían dinero público y tramitaban expedientes de regulación de empleo entre sus plantillas. Y el gobierno montaba en cólera cuando nacionalizaban las multinacionales “españolas” en el extranjero mientras callaba ante la bajada de persiana definitiva de miles de PYMES expulsadas del mercado por la crisis y liberalización comercial.

Y mientras, 5 millones de parados, sube el precio del transporte público, se recorta en sanidad y educación, se suprime la cooperación con los países expoliados, se suben los impuestos, se bajan los salarios, se inyecta dinero a la banca y a la iglesia, se aumenta la represión, se recortan los derechos y se facilita el despido y la precariedad laboral.


De la espada a la porra, un paso natural

Durante el reinado de Carlos V todas estas diferencias e injusticias generaban en la metrópoli y en las colonias un malestar social que convertía el imperio en una olla a presión a punto de estallar. El orden y la ley en aquellos tiempos de oscuridad e injusticia se mantenían a base de la espada y la cruz.

Las espadas de los conquistadores imponían la ley del Rey y de Dios en los territorios de América, mientras las espadas de los ejércitos, financiados por la deuda, arrasaban a los comuneros de Castilla que reclamaban el fin de los privilegios de la nobleza y aplacaban a base de masacres las luchas de los trabajadores, como los hilanderos y artesanos de Valencia, que levantados en armas reclamaban dignidad laboral.

El tránsito de la espada a la porra fue un paso natural en la historia de la represión interna, debido al cambio de los tiempos en los que la imagen creada de ficticia libertad importa tanto, y en los que la muerte de los obreros era un precio demasiado caro a pagar para la imagen del poder. Y así las porras se lanzaron contra los estudiantes valencianos o los indignados catalanes de la misma forma que las espadas limpiaban de protestas los campos de castilla años atrás. Como muestra, un botón: una de las primeras decisiones del nuevo gobierno fue la compra de bombas lacrimógenas por valor de más un millón de euros, días antes del inicio de los ajustes económicos, anticipándose a la reacción que pudieran causar.


En el nombre de dios

La espada y la cruz. Por supuesto, la cruz. La Inquisición, fortalecida con Felipe II, perseguía a los hombres de la ciencia y la cultura, a los judíos, a los musulmanes, y todo aquel que cometiese la herejía de pensar diferente. El poder de la Iglesia sobre los mandatos del Reino era total, y bajo su influencia se emprendió la sangrienta evangelización forzosa de los territorios de ultramar y se empezaron las guerras contra los herejes calvinistas del norte de Europa.

Siglos después mientras se recortan hasta la muerte los gastos en investigación científica, los salarios y las garantías sociales, la Iglesia sigue conservando privilegios dignos de otras épocas, manteniéndose la enseñanza de la religión en los colegios mientras se mutilan los temarios relacionados con los derechos humanos y la igualdad, siempre tan peligrosos de conocer.


El enemigo exterior

Para mantener la paz social ante tanta injusticia y despilfarro, Carlos V necesitaba una excusa poderosa que distrajese al pueblo y lo mantuviese unido, y para ello nada mejor que inventar un enemigo común. Así se embarcó el monarca en una descabellada guerra contra Francia, en batallas que llegaron hasta la misma Roma. A la vez se enfrentó a las tropas turcas de Barbaroja, que desde el Oriente traían el peligro de la religión de Alá.

También en nombre de la paz y los valores de Occidente se enfrenta ahora España a los seguidores de Mahoma, inmersa en una guerra en las lejanas montañas de Afganistán en la que ha gastado ya 2.500 millones en una década de conflicto. Son parte del récord de 861 millones de euros que España gastó en operaciones militares, incluida la operación Atalanta en las costas de Somalia, de 100 millones de euros de gasto anual, donde los buques de la armada protegen y mantienen el expolio de las caladeros pesqueros somalíes por parte de las multinacionales atuneras españolas, con sus redes ilegales incluidas. Gastos para tiempos de crisis: permitir el saqueo y además proteger al ladrón.

La monarquía

Y el rey, el poderoso rey. La corona en tiempos de Carlos V derrochaba ingentes cantidades de dinero en lujosos palacetes, monasterios, fiestas, joyas y muebles de lujo, mientras el pueblo llano moría de hambre mendigando a las puertas de los palacios.

Actualmente la Casa Real sigue siendo la institución con menor transparencia en cuanto a sus cuentas se refiere. Pese a todo los gastos totales de la Casa Real, incluyendo su asignación oficial, pueden calcularse y elevarse en la práctica a casi 25 millones, incluyendo los gastos de desplazamientos, el mantenimiento de bienes muebles e inmuebles (que como propiedad de Patrimonio Nacional, se incluyen en su presupuesto específico), el mantenimiento de los 60 vehículos oficiales (que son parte del Parque Móvil del Estado, y se incluye en su presupuesto específico en el Ministerio de Hacienda) y los viajes al extranjero, que son sufragados por el Ministerio de Asuntos Exteriores. Demasiado gasto para un cargo nunca elegido, cuyo único mérito es el de haber nacido con el privilegio de la sangre azul.


La cultura y la educación como peligro social

En la España del Siglo de Oro el imperio de la fuerza despreciaba la educación, el arte y la cultura, sacrificados en los altares de los dioses de la guerra y la opulencia material. En las hogueras de las colonias ardían los libros mayas, junto con las obras artísticas indígenas de oro y plata que se fundían para vender al peso del metal. En la metrópoli se prohibía la importación de libros extranjeros y se impedía estudiar fuera de España. Los estudiantes de Salamanca se redujeron en pocas décadas a la mitad, mientras el clero y la nobleza se multiplicaban sin parar.

El camino se retoma. Se reduce a mínimos la inversión en cultura, investigación y educación. Suben las tasas universitarias, se mercantiliza la educación, se reduce el número de profesores y sus salarios. Se masifican las aulas. El saber no ocupa lugar, pero es peligroso, el pueblo formado puede descubrir que la situación actual tiene más de estafa que de crisis. El sistema educativo español se derrumba a la misma velocidad que huyen los cerebros por nosotros formados, rumbo a los países que nos imponen los mismos recortes que no les permiten investigar aquí.


La historia se repite como farsa

Como vemos, las cosas no han cambiado demasiado. Los tiempos del absolutismo y del imperio en ruinas se han maquillado con máscaras de democracia y libertad. Las clases trabajadoras siguen pagando los excesos y la opulencia de los grupos dominantes, mientras les gritan al oído con sus medios masivos que el problema era que vivían demasiado bien. Se socializan las pérdidas, se privatizan las ganancias. Corren tiempos de precariedad, de injusticia, y por consiguiente de represión.

En palabras Karl Marx: la historia se repite a sí misma, primero como tragedia y luego como farsa. Y esa farsa, esa estafa a la que llaman crisis, por la que todos debemos ceder y sacrificarnos, derechos incluidos, está llegando demasiado lejos. El hombre que no conoce su historia está condenado a repetir sus errores. Es hora de hacer algo, de cambiar algo. Conociendo nuestro pasado y construyendo nuestro futuro.

España y sus gentes se desangran, gota ha gota. Y no serán ellos, los poderosos, quienes tapen la herida que crearon para enriquecerse con los restos del difunto. Las venas abiertas emanan sangre dejando una España moribunda y saqueada, mientras los médicos que pretenden sanarla inyectan a los bancos el dinero destinado a las vendas que la podrían curar.

Pablo García-Inés
www.pablogarciaines.com

*Artículo basado en la información del libro “Las venas abiertas de América latina” de Eduardo Galeano

jueves, 17 de mayo de 2012

El hombre que quiere morir


El hombre que quiere morir” le llamábamos en la columna. No sabíamos su nombre, jamás lo había mencionado. Avanzaba siempre en la vanguardia, a paso ligero, sin cubrirse siquiera. Se lanzaba a pecho descubierto sobre las tropas de Batista, gritando furioso como un toro en estampida. Disparaba por disparar sin apuntar ni controlar las municiones. Se arrojaba hacia las balas de cabeza, pero hasta el plomo parecía temerle. La suerte del suicida, comentaban los guerrilleros.

Quería llegar a la Habana mañana mismo, a lo más tardar. No  importaban los kilómetros, ni los montes, ni el frente enemigo. No dormía. En los tiempos de descanso se adelantaba machete en mano abriendo sendero para ganar tiempo. Pocas palabras salían de su boca, pero las suficientes para increpar a quien construía trincheras: -“¡Las madrigueras para los conejos, acá solo estamos de paso!”- gritaba enfurecido. Todos le teníamos cariño, aunque con nadie hablaba. Una especie de admiración y respeto nos hacía seguirle en sus cabalgadas suicidas.

La noche que cayó Santa Clara me habló por primera vez. Se sentía más cerca de casa, y como todos, bebió para celebrarlo. Entre vino y vino me habló de ella. Él, que tan duro y frío aparentaba, se deshacía y se derretía en cada adjetivo. Me habló de sus ojos, sus cosquillas, sus caprichos, la describía y yo la veía en sus ojos, imagen nítida, paseando por el malecón una tarde cualquiera, partiendo el viento en dos mitades con su vestido de flores naranjas, con el mar obedeciendo el oleaje de sus caderas, robando las miradas, deteniendo los relojes.  Él tuvo que elegir, y eligió la lucha. Me habló del duro exilio, y de la carta. Aquella carta con las peores noticias. La habían cogido. La acusaban de haberle ayudado en su huida, y fue declarada subversiva. La imaginaba en las sucias cárceles del régimen y el alma se le partía en mil pedazos. Ahora la revolución le importaba un carajo. Luchaba por ella.

Mientras todos dormían él desmontaba y limpiaba su arma. La columna se quedaría por dos días en Santa Clara, descansando y abasteciéndose. El partiría en la mañana bien temprano. No pensaba esperar un solo día más. Tomaría la Habana él solo si hacía falta.

Fue la última vez que le vi. No se despidió. Dicen que cayó a las puertas de la ciudad, enfrentándose al batallón que protegía la entrada. Dicen que avanzaba furioso, corriendo, disparando y que aguantó hasta la última bala. Otros dicen que se abrió paso tiro a tiro hasta el corazón de la Habana, llegó a las mazmorras del régimen y la sacó en volandas de aquella oscura prisión.

Yo aún le  siento cada tarde, cada vez que el mar ruge contra el malecón me estremezco, y la imagino a ella, la veo dibujada nítida en los ojos de él y recuerdo que “El hombre que quería morir” amaba más la vida que cualquiera.
Pablo García-Inés
Guayaquil 2011