viernes, 28 de marzo de 2014

¡¡Ladrones!!

*Lisboa otoño 2013

La alfombra marrón vuelve a ser verde,
por orden de un señor civilizado.

Yo miro, sentado en el frío,
y ellos barren.

Recogen hojas en bolsas de basura
como muestra del desprecio humano
al paisaje impuesto
por las estaciones.

Qué sabrá el otoño de elegancia,
qué sabrán los vientos
de adornar los parques.
El orden del caos es peligroso,
la libertad de los gorriones se contagia.

Limpian los barrenderos
el color a muerte de las calles,
duele a los ojos de los niños
el espectáculo sin trampas
que es la vida.

Aquí el verano se vuelve Navidad de pronto
por miedo a la pausa
y por orden del mercado.

¡El otoño no existe!
No piensen, no pregunten, no preparen la leña del invierno,
no miren la tierra gritándonos basta,
¡el otoño no existe! 
no paren, no paren, no paren,
¡qué descansen los vagos!!
Aquí hay primaveras para todos,
veranos para todos,
inviernos con churros y regalos.

Visten con luces rojas
los cuerpos desnudos de los árboles.
Que no duela la nostalgia 
del abrigo de hojas,
pues la nostalgia es la antítesis del éxtasis
y es el éxtasis engranaje del derroche humano.

No hay tregua 
después de la cosecha,
no hay campos 
vacíos 
reposando.

No hay frenos
aunque el abismo 
se aproxime,
no hay tiempo
para perder la inercia.

Si para de girar, cae la peonza,
le pasa por encima la estampida,
todos corren y tú no serás menos,
todo crece y menguar es el fracaso,
y los fracasados observan
(lo sabemos todos)
desde fuera el espectáculo,
acribillados por nostalgias, resacas, cicatrices.
Si no corres ella vuela hacia otros brazos.

¡Avance! ¡progreso! ¡civilización! ¡tecnología!
Hojas muertas en bolsas de basura…

Camina el leñador con las manos vacías
a comprar estufas y vino de garrafa.
¡Qué crezca el consumo, el tráfico, el ego!
¡Arriba! ¡arriba! ¡arriba!
¡Crezca el PIB y los tomates!
No hay ciclos, no hay pausas, no hay tregua,
no hay caminos circulares,
solo flechas apuntando al cielo.
¡Mirar al suelo es de cobardes!


Escribo
               “silencio”
                              donde debiera
                                                            habitar
                                                                          un espacio
                                                                                                vacío.
                                                          

Yo miro.
Ellos barren.

Acabo mi cerveza
tirito
grito
¡ladrones!
devuélvanme el paisaje…


Pablo García-Inés
@pablogarciaines


viernes, 14 de febrero de 2014

Todos. Somos. Asesinos.

*Antes de leer esto, tienen que ver este video del funeral de los inmigrantes muertos en nuestra frontera. Lloren. Intenten sentirse humanos.
http://politica.elpais.com/politica/2014/02/08/videos/1391878478_465857.html

“El mar
se lleva los cuerpos
y yo me hundo
con ellos
como otra
miserable
cifra”


No lean
ni
una
sola
palabra

mía.

No lean.
No quemen sus ojos, su inocencia.
Bastante tiene ya la noche de macabra
para escuchar mi ladrido ronco
entre el viento y las sirenas
naranjas cargadas de muertos
y azules de asesinos.

Siento despertarles
a gritos,
pero solo aullando
cual oveja vestida de lobo
te escucha esa luna tan blanca
como la luz de este mundo
convertido en manicomio.

¿Qué derecho tengo
a alimentar con letras
el estómago sin fondo
de la herida?

Abro de par en par la ventana
para escarcharme los poros
y así se hiele
cada letra que escribo.

Pero me quemo.

Mata mi país
aprieta cuellos
raja vientres
hunde cabezas
de hermanos
hasta al fondo del Estrecho.

La ventana abierta
y el viento
y la lluvia
0, -3, -5 grados…
y ni cerca estoy
del frío del alma
de aquellos verdugos
guardianes
de la frontera.

La verdad es que ni siquiera
sé si ya me duele
la  imagen de losmuertos
en la orilla.

¡Cabrones!
¿En qué monstruo me habéis convertido?

Lloro.
Trago lágrimas
como homenaje a un mar
que jamás reclamó
para sí el derecho
de ser brazo ejecutor
de una Europa sin escrúpulos.

Lloro.
Si no vamos a luchar,
al menos lloremos
como niños.

Solo pido ese puto
ese jodido gesto humano
entre toda esta barbarie,
este aquelarre
a la muerte,
en el altar de oro
del mundo
civilizado.

Tenían nombres.
¡JODER!
¡Tenían nombres!
Y manos y ojos y sueños
y gestos y carcajadas y abrazos
y una foto en la cartera
y una carta de despedida.

Yo
ya no soy español
ni europeo
ni humano.

Solo rata
rodeada
“protegida”
por alambre de espino.


Tirito.
Frío o miedo
vergüenza ajena
o propia
calándome hasta la médula.

La ventana abierta
y los vientos del sur arrastrando
el aroma de un océano
que debiera ser vida.
No tumba.

Un último suspiro
desde la cuna del mundo
vientre del hombre
raíz de las alas
madre
origen
cementerio.

África
            muere
y yo
            mato.


Tirito
para sentirme vivo

y lloro

para sentirme humano...


Pablo García-Inés
@pablogarciaines

domingo, 20 de octubre de 2013

Yosune


Una Y griega desgastada en mi teclado.

Tal vez sea el único recuerdo de Yosune
que el tiempo ha conseguido arrebatarme.

Una sola letra,
borrada, 
para confirmar que todavía
hablan de ella todas
y cada una
de mis canciones.

El resto del teclado queda
como yo,
mudo,
callado.
Sin ella no bailan,
la pluma ni el aire.

Silencio.
Duele escuchar tus propios latidos,
trick, track, trick, track,
cuando suenan a roto
y oxidado.

Como el ruido de un árbol
cayendo en el desierto.
Silencio.
Para ella que no lee nacen mis versos,
para ella que no escucha, mis canciones.

Y yo sin Y para decir: Yosune,
vuelve ya que me arden las yemas
de llorarte.

Y yo sin Y para decir que ya
no soy el yo que con ella era.

Que si Yosune soplaba, giraba el mundo
y volaban hacia el Sur bandadas de cometas
con mil niños perdidos colgando de esas cuerdas
que antes de Yosune
amarraban anclas.

Una sola letra.

Tecleo a ciegas el recuadro negro
donde yacía su inicial exhausta,
y como un pianista en éxtasis
embuclado en su canción monótona
martilleo hasta la afonía de los dedos:
 y, y, y, y, y,
yo, yo, yo, yo,
y me taladra los ojos
la N impoluta
del nosotros.

Una sola letra.

Y silencio.

Cuando se fue
se llevó consigo
el resto del abecedario.

Pablo García-Inés
@pablogarciaines

miércoles, 9 de octubre de 2013

Lo que duele del otoño

No es el retorno de corderos degollados
al Madrid sin pausas ni escondites.

No son los árboles desnudos

llorando lágrimas caducas.

No es la alfombra de hojas y ausencias

sobre la plaza sin niños
de un pueblo sin playa.

No es la lluvia borrando las rayuelas,

no es el viento sin cometas,
no es el sol acostándose abatido,
no es la noche ganando la batalla.

No es el manto castaño

cubriendo las vergüenzas del paisaje,
no es el vientre pulido
de la tierra cosechada.

No es el mar sin bañistas,

la vuelta al trabajo,
las terrazas vacías,
el silencio colectivo,
los bares cerrados.

No son los pies en la tierra.

Es el recuerdo de las alas.

Pablo García-Ines
@pablogarciaines

miércoles, 31 de julio de 2013

Volver al hogar


Allí en Guayaquil la vida transcurría a ritmo caribeño y nadie parecía tener demasiada prisa por llegar a ningún lado, excepto los conductores del bus. Aquella extraña costumbre de no detenerse para que subieran los viajeros me traía de cabeza en mis primeros días en la ciudad. He de confesar que me moría de miedo. Muchas veces dejaba pasar varias busetas, temeroso de no ser capaz de medir bien mi salto. Otras veces caminaba bastante hasta llegar a un semáforo cercano, con la intención de cazarlas mientras estaban paradas. 

La verdad es que tampoco era extremadamente difícil, pero la agilidad nunca fue mi mayor don. Bajar del autobús solía ser otra osadía, y a veces disimulaba agarrado a la puerta y pasaba de largo mi destino tan solo por apearme cuando el bus estuviese parado ya.

Tras varios días de intentos,tropezones, disimulos, vértigos y miedos, me fui acostumbrando a aquella manera de viajar y poco a poco le fui cogiendo el tranquillo. Miraba al autobús fijamente, como el torero al toro a punto de embestir. Medía las distancias, la velocidad (y yo creo que hasta el viento) y ¡plof! saltaba con todas mis fuerzas, me agarraba a la barra lateral, entraba y saludaba al chófer como si no lo acabase de pasar fatal. Poco a poco le fui cogiendo el gusto a aquello de saltar. Me sentía como un niño recorriendo de salto en salto la ciudad.

Años después regresé a Quito, donde los buses tenían hasta parada oficial. Esperaba tranquilo, consciente de que allí sí se detenían a recoger a los viajeros. El autobús se acercó deprisa, sin aparentar la menor intención de parar. El cobrador gritaba colgado del estribo: ¡dele! ¡dele! ¡vamos! ¡vamos! y me ofrecía su brazo para agarrarme a él.  Así que tuve que saltar, y  salté. Me agarré fuerte a su brazo y entré saludando al chófer como si nada, y caminé por el pasillo del autobús orgulloso, sintiéndome un quiteño más.

Y entonces un vendaval de sensaciones me invadió por completo, y me sentí un niño en aquellas calles, y me llenaron los olores, los colores, las músicas y el sol, y volví a percibir en ese instante que Ecuador, aquella tierra que me acogió como madre, volvía a convertirse en mi hogar.



martes, 23 de julio de 2013

La gran orquesta


*A Isaac Mallol, el pintor de la selva

En las noches amazónicas la oscuridad barre en apenas minutos el vivo mosaico multicolor del día, y es entonces cuando empieza el espectáculo musical. Miles de sonidos nacidos de las sombras se conjugan y entremezclan, creando melodías imposibles. Los cánticos brotan bajo la sigilosa batuta del crepúsculo, y así se conviertede golpe la selva en la mayor orquesta viva del planeta. 

Sorprende saber que todos, absolutamente todos los ruidos que de la noche nacen y en la noche habitan, son sexo y nada más que sexo. Ranas, grillos, insectos, monos, aves de todos lostipos y colores, y hasta el mismísimo jaguar, se dejan las gargantas en el impresionante cortejo amazónico. Cada canto es una llamada a la continuación de la vida, y es de tanto amor de donde nace la riqueza de este templo a la biodiversidad. 

Da qué pensar. En este mundo de supervivencia diaria, de predadores y peligros, de vencedores y vencidos, el más mínimo murmullo puede llevarles directos a las fauces de su peor enemigo. Pese a ello el ansia de compañía es más fuerte que el más fuerte de los  miedos, y aquí el silencio no existe, ni existe amenaza alguna que les consiga callar.

Cierro los ojos, escucho,y disfruto del regalo. Me estremezco pensando que todas y cada una de estas músicas son gritos de desesperanza lanzados al viento, donde cada alma le pide al cielo alguien con quien, esa noche, compartir su soledad.


Pablo García-Inés
Cuadernos amazónicos:
Yasuní, selva sagrada.