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lunes, 4 de enero de 2016

Lo que la selva sabe



Fernando Rivera Huanca es selva y selva es Fernando Rivera Huanca. Fueron los ríos la semilla de su origen y ceibas centenarias dieron sombra a sus primeros pasos.

Tierra de historias. De relatos. De memoria protegida en el anciano. Cuentan los nativos que los caminos amazónicos se cierran y se abren según la nobleza del corazón que los recorre. Que la selva guarda con salvaje celo sus secretos, privilegio exclusivo de quien merezca escuchar.

A Fernando Rivera los caminos del bosque se le abren, como se le abren las casas de las gentes que la selva viven y la selva mueren. Por eso Fernando sabe lo que pocos saben: hace poco, en lo más profundo de las profundas selvas que bañan el río Madre de Dios, habitaba un pueblo puro, ajeno a toda conquista y a todo contacto extraño. Un pueblo guerrero y sabio que construía su hogar en las copas de los árboles.

Un pueblo duro. Resistieron las espadas españolas, las enfermedades extranjeras, la esclavitud del caucho. Pasaron los siglos y aguantaron firmes, pero la invasión no se detuvo. El progreso y el cerco caminaron de la mano. La fiebre del oro y del petróleo devoró sus bosques, mató sus ríos, quebró sus fuerzas, y dijeron basta.

Por eso un día, mal día, fecha negra de la historia colectiva, decidieron despedirse para siempre. Estaban cansados. Y así, sin que el mundo supiera, tal vez mientras Manaos celebraba mundiales y Ginebra debatía sobre derechos humanos, se prepararon para la fiesta final.

Amaneció. Miraron por última vez al sol que les bañaba, colándose entre las copas de los árboles. Decoraron sus cuerpos con pinturas rituales de todos los colores, y comenzó el banquete. Uno a uno, sonriendo, sin miedo, bebieron del brebaje de raíces que acabaría con ellos pocas horas después. Festejaron hasta el alba, y de este modo, danzando y alegres, dejaron para siempre un mundo en el que ya no tenían lugar.

De este adiós, que nadie supo, Fernando sabe.
La selva sabe.


Pablo García-Inés
@pablogarciaines
Cuzco Invierno 2015

domingo, 7 de octubre de 2012

El dolor se dice callando


Homenaje a Benedetti


El maestro de maestros acababa de fallecer. Aquel simpático poeta uruguayo de bigote cómico, carácter bonachón y apellido florentino se había marchado para siempre. Dejaba como regalo al mundo el secreto de su táctica y la humildad de su estrategia, la pasión de los formales al calor del frío y las miles de primaveras con sus miles de esquinas rotas. Aquel defensor de la alegría nos enseñó a no salvarnos jamás y a querer con júbilo y alegría y viceversa. Antes de partir ofreció a los cartógrafos imperiales una magistral lección de geografía demostrando que el Sur, efectivamente, existía.


Otro maestro de maestros, otro uruguayo de pasaporte universal, lloraba la muerte de su querido y admirado amigo. A las puertas del tanatorio Eduardo Galeano era abordado por los periodistas, rodeado por las cámaras, interrogado por los micrófonos. Entonces... perdió el habla, y el reportero no entendió. Aquel mago del lenguaje, aquel maestro del verbo, aquel malabarista de la pluma, no encontraba los términos para expresar la pérdida, la ausencia, la huella. Poco a poco, despacio, de su garganta brotó un suave hilo de voz: -El dolor… se dice callando- aseveró. Enmudeció el aire. Los periodistas se retiraron sigilosos a asimilar la lección.


Y así el silencio, la ausencia de palabras, se convirtió en el mejor homenaje a aquel artesano del habla que con tanto cariño siempre las cuidó.




Pablo García-Inés

Madrid 2012

jueves, 17 de mayo de 2012

El hombre que quiere morir


El hombre que quiere morir” le llamábamos en la columna. No sabíamos su nombre, jamás lo había mencionado. Avanzaba siempre en la vanguardia, a paso ligero, sin cubrirse siquiera. Se lanzaba a pecho descubierto sobre las tropas de Batista, gritando furioso como un toro en estampida. Disparaba por disparar sin apuntar ni controlar las municiones. Se arrojaba hacia las balas de cabeza, pero hasta el plomo parecía temerle. La suerte del suicida, comentaban los guerrilleros.

Quería llegar a la Habana mañana mismo, a lo más tardar. No  importaban los kilómetros, ni los montes, ni el frente enemigo. No dormía. En los tiempos de descanso se adelantaba machete en mano abriendo sendero para ganar tiempo. Pocas palabras salían de su boca, pero las suficientes para increpar a quien construía trincheras: -“¡Las madrigueras para los conejos, acá solo estamos de paso!”- gritaba enfurecido. Todos le teníamos cariño, aunque con nadie hablaba. Una especie de admiración y respeto nos hacía seguirle en sus cabalgadas suicidas.

La noche que cayó Santa Clara me habló por primera vez. Se sentía más cerca de casa, y como todos, bebió para celebrarlo. Entre vino y vino me habló de ella. Él, que tan duro y frío aparentaba, se deshacía y se derretía en cada adjetivo. Me habló de sus ojos, sus cosquillas, sus caprichos, la describía y yo la veía en sus ojos, imagen nítida, paseando por el malecón una tarde cualquiera, partiendo el viento en dos mitades con su vestido de flores naranjas, con el mar obedeciendo el oleaje de sus caderas, robando las miradas, deteniendo los relojes.  Él tuvo que elegir, y eligió la lucha. Me habló del duro exilio, y de la carta. Aquella carta con las peores noticias. La habían cogido. La acusaban de haberle ayudado en su huida, y fue declarada subversiva. La imaginaba en las sucias cárceles del régimen y el alma se le partía en mil pedazos. Ahora la revolución le importaba un carajo. Luchaba por ella.

Mientras todos dormían él desmontaba y limpiaba su arma. La columna se quedaría por dos días en Santa Clara, descansando y abasteciéndose. El partiría en la mañana bien temprano. No pensaba esperar un solo día más. Tomaría la Habana él solo si hacía falta.

Fue la última vez que le vi. No se despidió. Dicen que cayó a las puertas de la ciudad, enfrentándose al batallón que protegía la entrada. Dicen que avanzaba furioso, corriendo, disparando y que aguantó hasta la última bala. Otros dicen que se abrió paso tiro a tiro hasta el corazón de la Habana, llegó a las mazmorras del régimen y la sacó en volandas de aquella oscura prisión.

Yo aún le  siento cada tarde, cada vez que el mar ruge contra el malecón me estremezco, y la imagino a ella, la veo dibujada nítida en los ojos de él y recuerdo que “El hombre que quería morir” amaba más la vida que cualquiera.
Pablo García-Inés
Guayaquil 2011

domingo, 13 de marzo de 2011

Ana, la felicidad y los bocatas

Ana es una sonrisa con delantal. Trabaja como dependienta en la tienda extremeña que prepara los mejores bocatas de la universidad. El ingrediente secreto, pienso yo, es el cariño con el que mece los tomates, salsas y barras de pan. Cada bocadillo hecho con la ilusión de una tarta de bodas. 

Juan, su hermano, le ayuda cortando los panes y lavando las lechugas. Él había llegado a España gracias al dinero que su hermana había ahorrado para pagar su viaje, poquito a poquito,  durante sus 6 años trabajando en Madrid. Soñaba con una tierra llena de oportunidades,  pero para aquel entonces las cosas se habían complicado demasiado. Sin papeles no le ofrecían trabajo, sin trabajo no la ofrecían papeles. Cruel espiral de sinsentido, estúpida pescadilla devorándose la cola.  

Desanimado, desilusionado, solía vagar por casa con la tristeza de no sentirse útil. Ana se impregnaba de su dolor, que le arañaba el alma. Una mañana decidió actuar. Llamó a su hermano y le pidió que viniese, a toda prisa, a verla a la tienda. Le contó ilusionada que el dueño había aceptado contratarle también a él. Que trabajarían juntos y harían los mejores bocadillos del mundo entero.

No existía tal trabajo. Ana daba su sueldo entero a su hermano cada mes como si el dueño le pagase. Por las noches, al salir de la tienda, trabajaba limpiando oficinas para recuperar el dinero, en secreto, sin que Juan lo supiera. Como coartada a sus ausencias nocturnas se inventó un novio apuesto y aventurero que cada noche le llevaba a volar por el cielo de Madrid.

Los dos hermanos trabajaban y reían juntos. Cortaban tomates, contaban chistes, y bailaban entre los fogones. Juan era feliz en la felicidad de Ana, a la que imaginaba acariciando estrellas con su ficticio príncipe azul. Ana era feliz por la felicidad de su hermano, casi a punto de explotar por la ilusión de su primer trabajo. Somos lo que amamos, pensé yo, disfrutando después de clase de un bocadillo con sabor a magia y carcajadas.
 Madrid Mayo 2007
PABLO GARCÍA-INÉS