domingo, 13 de marzo de 2011

Viviendo en el Cairo la caída de Mubarak


Llevaba días pegado al periódico y la televisión. Primero siguiendo los acontecimientos de Túnez, después las protestas de Egipto. Una especie de empatía contagiosa con aquellos jóvenes que gritaban por su libertad me había invadido por completo. La noche del jueves diez, cuando tras 17 días de protesta Mubarak anunciaba que permanecería en el poder, presagiaba lo peor. Cenando alrededor de la mesa, comentaba con mis padres las declaraciones en directo del dictador egipcio, y nos preguntábamos que consecuencias nefastas traería aquella decisión.

El día siguiente, viernes de oración en los países árabes, lo pase navegando en Internet en busca de información y siguiendo detenidamente el goteo de noticias que los corresponsales y los blogueros ofrecían. Finalmente, por la tarde, la televisión mostraba en directo el esperado anuncio de la retirada de Mubarak del poder. Las imágenes de la plaza de la liberación abarrotada celebrando con júbilo la buena nueva me crearon un escalofrío que atravesó mi cuerpo de pies a cabeza. Instintivamente, creo que sin pensarlo siquiera, ya estaba buscando billetes y haciendo cuentas de mis ahorros para irme para allá lo más pronto posible. Quería compartir esa desbordante sensación de felicidad. Deseaba vivir, de cerca, con los egipcios, ese agradable sabor a libertad recién estrenada que tantos muertos había costado. Quería escuchar de primera mano los motivos, las ideas, los sentimientos y las aspiraciones de aquella recién nacida revolución. Así que al día siguiente ya estaba volando hacia El Cairo con mi cámara, mi macuto y mi cuaderno.

Pensaba que volaría solo, o a lo sumo con algún periodista. Pero me sorprendió descubrir que en el avión volaban numerosas familias inglesas con hijos muy pequeños. Poco después, afinando el oído en las conversaciones de los pasajeros (perdonen la indiscreción), pude descubrir que se trataba extranjeros residentes en Egipto que habían huido con los niños por miedo y volvían ahora en el primer avión tras la caída del dictador.

Durante el vuelo conocí a Sara, sevillana, que venía a visitar a su novio egipcio tras muchos días de tensión y tres cambios de fecha del billete de avión. Ambos se ofrecieron a llevarme desde el aeropuerto hacia El Cairo en coche. Ibrahim, joven y licenciado en filología hispánica, me contó durante el recorrido los acontecimientos de los días de protestas que él había vivido en primera persona. Se mostraba orgulloso de la lucha de su pueblo, y tremendamente feliz de que todo hubiese acabado. Lamentaba el alto precio que habían pagado por su libertad: más de 900 muertos y un daño incalculable a la industria del turismo del país. Se mostraba tremendamente agradecido a los militares, que según él se habían negado a cumplir la orden de disparar contra el pueblo y lo había apoyado y protegido. De camino hacia el centro nos cruzamos con hileras de tanques, vehículos blindados y soldados por todas partes. Los coches pitaban constantemente y la gente asomaba los cuerpos por las ventanillas gritando y agitando banderas egipcias. 


Sobre las 10 de la noche el coche me dejó sobre el puente de la plaza de la liberación. Enseguida bajé hacia el tumulto con la mochila en la espalda y aún sin sitio donde dormir. Aquello era un hervidero de sensaciones. La gente gritaba, se abrazaba y trepaba a los tanques y blindados. Miles de banderas ondeando a la luz de las farolas creaban en la plaza una imagen mística. La gente abrazaba a los soldados y les agradecía su apoyo y su negativa a disparar contra el pueblo. Mi imagen de turista con la mochila a la espalda atraía todas las miradas. Me preguntaban constantemente porque estaba allí, y cuando comentaba que simplemente había venido a compartir su alegría la gente se sorprendía, me abrazaba y me invitaba a la celebración. A los 5 minutos de llegar a la plaza una señora me pidió hacerme una foto con su bebe, la bandera egipcia y un imponente tanque de fondo. Yo no salía de mi asombro ante tan inmerecido protagonismo. Enseguida ya me habían puesto una cinta en la frente con los colores de la bandera y me los habían pintado también con tempera en la cara. La noche entera la pase de grupo en grupo, tomando fotos, subiendo a los tanques e intentando corear los cánticos que alguien me ayudó a traducir: "¡El pueblo, quiere, cambiar el sistema!" "¡El pueblo se queda, Mubarak se va!"



A las 5 de la mañana la mochila y el cansancio empezaban a pesarme así que decidí irme a buscar un sitio donde dormir. Ya en las afueras de la plaza, intenté tomar mi última foto a una larga hilera de tanques en una calle solitaria. De pronto una voz en árabe me gritó algo que no pude entender y apareció un hombre de paisano acompañado de 4 militares y me arrebató bruscamente la cámara. Habló con los soldados y me hizo un gesto para que le siguiese mientras los cuatro soldados me seguían rodeándome y apuntándome con las bayonetas. Me llevaron al interior del Museo egipcio tras la alambrada a una especie de patio. Apareció un oficial de pelo blanco, con uniforme diferente y cara de pocos amigos rodeado de varios soldados de la policía militar. La cosa parecía que ponerse seria y la verdad es que estaba muerto de miedo. Un soldado que hablaba inglés traducía al oficial mientras me pedía que vaciase mi mochila y mis bolsillos. La suerte quiso que al revisar el oficial mis cosas reparase en el libro que estaba leyendo. Se trataba de "El palestino" de Antonio Salas, en el cual aparece la mezquita de Al Aqsa de Jerusalén en la portada. Me preguntó acerca del libro y le expliqué cómo pude que había estado el último verano en Palestina y había visitado la mezquita. Al momento todo cambio. La cara del oficial parecía otra, con una enorme sonrisa, y en un tono mucho más amable me preguntaba si me había gustado, y más cosas acerca de mi viaje. Imagino que, tras tres guerras contra el Estado de Israel, fue la previsble simpatía de muchos militares egipcios hacia la causa  palestina lo que me ayudó a salir del paso. A los pocos minutos me despidieron amablemente y me dijeron que todo había sido una broma (menuda broma pensé yo). Finalmente un amable joven egipcio me ayudó a encontrar un hostal barato donde dormir y enseguida caí rendido y feliz.

Al día siguiente me levanté temprano, y pude ver como los militares intentaban desalojar pacíficamente a los manifestantes que seguían con las celebraciones en la plaza, pero era tarea imposible y según fue llegando la tarde se fue llenado de nuevo de gente. Los jóvenes, muy organizados y con una credencial colgando del cuello, se disponían a limpiar los desperfectos de la plaza provocados por los disturbios. Me emocioné al ver batallones de chavales desfilando con los cepillos en alto dispuestos a barrer la plaza, desmontar las barricas y carteles, pintar las barandillas y pasos de cebra, etc. Una muestra más del compromiso, la ilusión, la iniciativa y la organización de estos jóvenes que han sido la voz cantante de la revuelta. 




Entre las numerosas imágenes que mis ojos y mi cámara captaron ese día destacaría la de un hombre herido en la revuelta, encaramado a un improvisado escenario con la cabeza vendada, un Corán en una mano y una cruz en la otra. Y es que muchos manifestantes hacían especial hincapié en el carácter laico de la revuelta y en cuanto podían lo recalcaban, para contrarrestar las versiones difundidas por Occidente sobre el tinte de islamismo radical de las protestas que tanto dañaba la imagen de Egipto y de la propia revolución. 



En la plaza de Tahrir conocí a las corresponsales de la SER y de la COPE, y esta última me invitó a ver la grabación de los directos de varias televisiones españolas sobre la azotea del edificio de la sede de Al Jazzira en El Cairo. Allí pude conocer de primera mano cómo viven y trabajan los corresponsales a la hora de cubrir conflictos como éste y conocí a gente encantadora. Después fui a cenar con Beatriz Mesa (corresponsal de la COPE, Telemadrid y El periódico de Catalunya) y Laura L. Caro (corresponsal de ABC para Oriente Medio) a casa de un matrimonio de guías turísticos egipcios. Miriam y Said habían vivido en España y eran licenciados en filología árabe con lo cual hablaban un perfecto castellano. Con una increíble hospitalidad, nos ofrecieron una suculenta cena consistente en numerosos platos egipcios. La velada se convirtió en un intenso debate político sobre la revolución egipcia, el papel de los jóvenes, los Hermanos Musulmanes, Al Baradei, etc. Me pareció un regalo de valor incalculable escuchar y aprender tanto de la enorme experiencia y conocimientos de dos corresponsales tan curtidas en Oriente Próximo y del hospitalario y divertido matrimonio egipcio. Said es representante en Egipto de una agencia turística española. Vivió el inicio de las protestas encerrado en un crucero sobre el Nilo con un grupo de más de 100 españoles a los que no se les permitía desembarcar y que finalmente fueron evacuados desde Luxor hacia España. El matrimonio afirmaba que los jóvenes egipcios les habían dado a ellos una enorme lección de dignidad. Ambos presumían de haber acudido diariamente a las protestas y se mostraban esperanzados en un nuevo futuro, orgullosos de sus jóvenes y de su país. Tras despedirnos y agradecerles mil veces todo cogimos un taxi y nos fuimos a casa, no sin antes ser parados en 6 controles militares debido un toque de queda que parece no respetarse demasiado.

Al día siguiente visité bien temprano las pirámides. No encontré a ningún turista en todo el recinto, nada más un equipo de cámaras extranjero que grababa la inusual imagen de las pirámides vacías de visitantes. Allí pude comprobar, al hablar con varias personas, que era cierta una historia que me habían contado: fue mucha de la gente de la zona turística de Giza la que cargó contra los manifestantes de la plaza el día de los enfrentamientos entre detractores y defensores de Mubarak. Agentes de policía de paisano habían acudido hasta allí para contar que eran los manifestantes los que impedían la llegada de turistas y por ello se estaban arruinando. Muchos habitantes de Gizah marcharon hacia el centro de El Cairo, dando lugar a la apoteósica imagen, mostrada en todos los noticieros, de la carga contra los manifestantes de gente montada sobre los camellos, carros y caballos que utilizan para pasear a los turistas por las pirámides. También di una vuelta a caballo por los alrededores del recinto para ver las pirámides desde otra perspectiva. Allí pude ver la imagen tétrica de una decena de cadáveres de caballos pudriéndose al sol. El egipcio que me había alquilado el caballo me contó que al no tener dinero para pagar la comida de los caballos a muchos los tenían que dejar morir. Una imagen tan trágica como descriptiva del daño que la pérdida del turismo está causando en la economía egipcia.



Dando una vuelta por los alrededores de la plaza Tahrir pude observar las huellas de la revuelta en edificios y coches calcinados. Entre los edificios arrasados estaba la sede del partido de Mubarak, cuyos restos ofrecían una imagen muy representativa de la violencia que se había vivido en los días anteriores a mi llegada. El Museo egipcio seguía cerrado y acordonado por los militares, al igual que los edificios gubernamentales y la televisión pública.




Ya por la tarde, de nuevo en la Plaza de la Liberación, conocí a Ulla. Me resultó extraño ver a una chica rubia con rastas en mitad de la plaza, porque no había encontrado un solo turista en los días que llevaba en la ciudad, así que enseguida nos hablamos. Se trataba de una chica finlandesa de 26 años que conocía muy bien Egipto ya que estudiba en El Cairo árabe y danza sufí por temporadas. Fuimos a tomar algo a una calle donde se reúnen los jóvenes artistas egipcios a tomar té y fumar de la cachimba. Allí me contó que ella vio desde Finlandia las protestas y se vino a vivirlo desde los primeros días. Escucho todo lo que ha vivido en primera persona y como ha tenido que dormir en varias ocasiones en la mezquita por no poder volver a su albergue por el cerco policial (¡y yo que pensaba que lo mío era aventura!). Al rato se apuntan a la conversación dos jóvenes egipcios y volvemos a hablar de la situación. Tienen apenas 19 años pero ambos han participado activamente en las protestas y tienen las ideas muy claras acerca de lo que significa para ellos la revolución. Sueñan con un Egipto libre y democrático, un estado moderno, abierto a Europa y al mundo, con oportunidades laborales para los jóvenes y donde se respete cualquier tipo de ideología y religión. Hablan árabe e inglés, estudian en la universidad, manejan Internet a la perfección… son el perfil de la nueva juventud egipcia, culta, comprometida, abierta, organizada, y por una vez se sienten con el poder de cambiar y crear su propio destino. Y lo acaban de comprobar. 

Vuelvo a mi hostal con la imagen de estos chicos en la cabeza. Pronto volveré a España. Dejo tras de mí el recuerdo de un pueblo admirable que me ha acogido y enseñado mil lecciones, y la imagen de un Egipto nuevo resurgiendo de sus cenizas, cargado de ilusión, esperanza y futuro.


2 comentarios:

  1. Me ha gustado mucho lo escrito y tu voluntad de vivir de primera mano. Te recomiendo encarecidamente, ya que me ha vuelto a la mente leyéndote, un libro del gran periodista Manu Leguineche llamado "El camino más corto".

    Un abrazo

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